El granito, materia del Hades

 In Divulgación
Plutón en un nicho con Cerbero
Divulgación

A unos 20 kilómetros al oeste de Nápoles, en la volcánica región de Campania, se encuentra el cráter del Averno por el que, de acuerdo con el mito clásico romano, se descendía a las profundidades de la tierra donde imperaba Plutón, dios de la muerte. Hijo de Saturno y Ops, Plutón era uno de los ocho dioses fundamentales del concurrido panteón romano, que, como sabemos, había incorporado la práctica totalidad de las deidades griegas. De este modo, el romano Plutón equivale al Hades helénico, hermano mayor de Zeus y Poseidón, junto a quienes venció a los Titanes en una de esas feroces y enrevesadas pugnas que fascinaban al mundo clásico. Tras su gesta, los tres hermanos echaron a suertes la posesión de los diferentes dominios de la Tierra, correspondiendo, como es sabido, los mares a Poseidón (Neptuno, en Roma), los cielos a Zeus (Júpiter) y finalmente el inframundo y todo lo subterráneo a Hades, también llamado por los griegos Ploutón – los romanos ni siquiera se molestarían en rebautizarle.

En honor a esta deidad poderosa y oscura, los primeros geólogos (finales del siglo XVIII) convinieron denominar plutónicas a un tipo de rocas ígneas, el más importante si atendemos a su abundancia en nuestro planeta. No en vano estas rocas, también llamadas intrusivas, se forman en las profundidades de la tierra, por el enfriamiento lento de masas ingentes de magma. Este origen las contrapone a las rocas ígneas volcánicas (o extrusivas), que se producen cuando el magma sale a la superficie en forma de lava y se solidifica rápidamente en contacto con el aire o las masas de agua – algo que ocurre en muy menor medida, afortunadamente.

Aunque la mítica entrada al reino de Plutón se ubique en la realidad en una región donde lo que predomina son las rocas volcánicas, ello no altera la hegemonía indiscutible de las rocas plutónicas: éstas constituyen la totalidad del manto superior terrestre, es decir, entre 30 y 650 kilómetros de profundidad aproximadamente; y por encima de él, también la mayor parte de la corteza. Frente a este volumen colosal, el resto de rocas que conocemos (sedimentarias, metamórficas y también las volcánicas) apenas son una delgada capa que recubre solo en parte la superficie de nuestro planeta – en una proporción que podría compararse a la del polvillo sobre un bolardo.

La formación de las rocas plutónicas se produce en una situación de confinamiento del magma a presiones elevadísimas, tanto que se miden en gigapascales (unidad de medida que equivale a unas 10.000 atmósferas de presión), en un proceso que da lugar a rocas muy compactas, duras y resistentes. De entre las diversas clases de rocas plutónicas (sienita, tonalita, diorita, gabro…) destaca, no solo por su abundancia, el granito. En realidad, fuera del ámbito de la geología, el término ‘granito’ se emplea también para referirse a algunas de sus hermanas plutónicas, como ocurre por ejemplo con las sienitas, las tonalitas o el gabro, más conocido como “granito negro”. En futuros posts tendremos ocasión de precisar más acerca de su composición, más allá del conglomerado de “cuarzo, feldespato y mica” que sabemos de nuestra niñez.

Por el momento resulta revelador atender al origen etimológico de la palabra: ‘granito’ procede del sustantivo latino granum, “grano”, al que se añade la terminación -ito. El sufijo de origen griego “-ito, -ita” aparece, lo acabamos de comprobar, en la nomenclatura de infinidad de minerales, y nada tiene que ver con un diminutivo: se emplea para denotar que una materia está dotada de la cualidad de la raíz. Esta cualidad en el granito es, claro está, su apariencia granulosa característica, resultado de su proceso formativo: el enfriamiento lento del magma (tengamos en cuenta que cuando los geólogos se refieren a la lentitud suelen medirla en miles de años) en combinación con las altas presiones ya referidas favorecen la formación de grandes cristales de minerales puros, dando lugar a una textura heterogénea en la que el grano es claramente reconocible.

La etimología no puede sin embargo dar idea de otras cualidades fundamentales del granito. Una de ellas es su compacidad, con densidades que rondan los 2.700 kg/my muy baja porosidad. Otra, relacionada con la situación de confinamiento en la que se forma el granito, es su isotropía, que le confiere una extraordinaria resistencia a compresión, típicamente por encima de los 200 MPa, es decir, más de toneladas por centímetro cuadrado. Para ilustrar esta característica, imaginemos que queremos apilar bloques graníticos iguales hasta conseguir que el primero se rompa por el peso de los demás: pues bien, tendríamos que construir una columna de unos 8 kilómetros de altura, antes de que el granito de la base se resquebrajara. Desde el Averno, el mismísimo Plutón se admiraría al contemplar tal monumento, adentrándose imponente en el reino de su hermano Júpiter.

*Imagen: “Plutón y su perro Cerbero admiran una columna de bloques de granito elevándose hacia el cielo junto al Vesubio. Collage del autor”

Recent Posts
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.